Diálogo con el doctor Miguel Altieri

Los biocombustibles son un modo de imperialismo biológico

Por Roberto Aguirre | Desde la Redacción de APM
Miércoles 4 de abril de 2007 por LRAN

El especialista en agroecología conversó con APM sobre la actualidad de América Latina. Criticó duramente el desarrollo del etanol y destacó el rol de los movimientos sociales en la lucha por la soberanía alimentaria.

El doctor Miguel Angel Altieri es uno de los mayores referentes de la agroecología en el mundo. Nacido en Chile y actualmente dictando clases en la Universidad de Berkeley, en California, el especialista define a esta disciplina como una ciencia que plantea un nuevo paradigma científico para el desarrollo de la agricultura, que rechaza la dependencia de agrotóxicos y el uso de transgénicos, y rescata los saberes tradicionales de los campesinos.

En ocasión del Seminario de Agroecología realizado en la ciudad de La Plata, Argentina, auspiciado por el Instituto para la Pequeña Agricultura Familiar de la región pampeana (IPAF Pampeana) del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) y la Facultad de Ciencias Agrarias y Forestales de la Universidad Nacional de La Plata, Miguel Altieri ofreció una conferencia donde explicó el desarrollo de su modelo. APM pudo conversar con el académico sobre temas vinculados a la realidad latinoamericana.

Con la visita del presidente de Estados Unidos, George Bush, a América Latina, más específicamente a Brasil, se desató una polémica alrededor de la viabilidad del desarrollo de los biocombustibles. ¿Cuál es su opinión al respecto?

Los biocombustibles son una tragedia ecológica y social. Con su producción se creará un problema muy grande de soberanía alimentaria, ya que hay miles de hectáreas de soja, caña de azúcar y palma africana que se van a expandir, lo que va a producir una deforestación masiva muy grande. Esto ya está pasando en Colombia y en el Amazonas de Brasil. Además va a aumentar la escala de producción de monocultivos mecanizados, con altas dosis de fertilizantes y específicamente Atrazina, que es un herbicida muy nocivo con irrupción endocrina. Digamos que los problemas de la agricultura industrial se potenciarán de una forma tremenda.

Por otra parte, el desarrollo de los biocombustibles no tiene ningún sentido energético, ya que todos los estudios que se han hechos demuestran que se necesita más petróleo para fabricar biocombustible. Por ejemplo, en el caso del etanol de maíz se necesitan 1,3 kilocalorías de petróleo para producir una kilocaloría de bioetanol. Esto no tiene ningún sentido. Lo que está ocurriendo, básicamente, es el diseño de una nueva estrategia de reproducción por parte del capitalismo, que está tomando el control de los sistemas alimentarios. Aquí se está produciendo la alianza inédita de multinacionales petroleras biotecnológicas, de autos, los grandes mercaderes de granos y algunas instituciones conservacionistas. Entonces, hay un conglomerado que va a decidir junto a China, debido a su demanda de soja, cuáles van a ser los grandes destinos de los paisajes rurales de América Latina. Yo creo que en ese sentido tenemos que tener mucho cuidado de que nuestros gobiernos, a pesar de que quieran utilizar esta oportunidad, prioricen la soberanía alimentaria como un elemento de desarrollo estratégico. Por estos días trascendieron estudios que confirman que en Estados Unidos y la Unión Europea no alcanzan las tierras para cumplir con las metas impuestas de desarrollo de biocombustibles. Esto implica que ya se tomó una decisión: América Latina y los países del tercer mundo son los que proveerán los recursos necesarios.

Cito sólo un ejemplo. Para que Estados Unidos produzca todo el etanol que necesita para reemplazar su petróleo, debería cultivar seis veces su superficie. Entonces, está claro que lo van a hacer en los países de América Latina y, de hecho, ya están en camino; ese fue el convenio que firmó Bush con Lula (Da Silva) y esos son los mercados que van a dictar qué se va a empezar a producir.

¿Estamos ante una nueva forma de colonialismo?

Totalmente, es un imperialismo ecológico. Pero también nosotros, como países, tendríamos que tener la dignidad suficiente para meternos en este negocio, privilegiando la soberanía alimentaria: la tierra que sobre, la destinaremos a los biocombustibles. Tiene que haber decisiones importantes porque es demasiado lo que está en juego.

En su disertación usted planteaba que la agroecología tiene una dimensión política, y que su desarrollo debe darse desde los propios movimientos campesinos ¿Concibe la agroecología como herramienta de cambio social?

Los movimientos campesinos y los movimientos sociales rurales han aceptado la agroecología, no es que la agroecología los haya aceptado a ellos. Igualmente, han reconocido a la agroecología como un medio fundamental para alcanzar la soberanía alimentaría. Ellos ven que la propuesta agroecológica es muy compatible con su discurso porque es una ciencia y tecnología socialmente activante que permite y fomenta la participación social. Es una ciencia que no está en contra de la racionalidad campesina sino que se construye sobre el conocimiento campesino, opuestamente al paradigma tradicional que destruye el conocimiento campesino. Por otro lado la agroecología es un recurso económicamente sustentable porque se basa en la utilización de recursos locales, que le permite desarrollar una propuesta mucho más barata y no dependiente. También es ambientalmente sana, porque no pretende modificar el ecosistema campesino, sino que intenta optimizarlo, a diferencia de la agricultura tradicional que tiende a destruirlo. La mayoría de los movimientos sociales ve a la agroecología como una ciencia, que provee las bases científicas para una transformación de la agricultura, pero comprometida con una agenda de desarrollo social y sustentable muy clara, o sea, socialmente justa, que contempla la reforma agraria, el protagonista de los campesinos y el respeto por las culturas. Por eso, los movimientos campesinos han visto que la agroecololgia ofrece una herramienta muy importante, y que es compatible con sus objetivos de soberanía alimentaria.

Así como destacó el rol de los movimientos sociales, usted hizo hincapié en que la vía institucional tendría limitaciones para el desarrollo de un modelo agroecológico.

Sí, tiene limitaciones porque las instituciones, sobre todo del Estado, sufren los vaivenes políticos y no tienen continuidad en los programas. Entonces no podemos pensar que el futuro de la agroecología va a quedar en la mano de decisiones políticas que son cambiantes. Por eso tenemos que dotar de poder a las comunidades rurales para que reproduzcan ese modelo.

Pero aquellos procesos institucionales más abiertos, pueden ser usados por las agrupaciones campesinas para arrancar con un proyecto.

Sí, hay varios espacios abiertos, y creo que hay que utilizarlos y apoyarlos, pero también las organizaciones campesinas tienen que tener un rol más activo, no tan pasivo.

Pensando a los movimientos sociales como los verdaderos actores de la agroecología, que usted definió como una «revolución latinoamericana», ¿por qué cree que la mayoría de los movimientos sociales en América Latina están ligados a la agroecología como modelo de lucha?

Sucede que la mayor parte de la pobreza tiene origen rural, las grandes masas de pobres en las ciudades son, en su mayoría, campesinos que han sido desplazados. Por otro lado, hoy en día por la agricultura están pasando todos los problemas fundamentales de la humanidad: pasa el problema energético, el de la seguridad alimentaria y el de la salud. Los movimientos sociales observan esto y ven que la agroecología les da una fortaleza desde muchos lugares. Y esto también ocurre en los espacios urbanos, donde la gente se está dando cuenta que la calidad de vida de ellos depende de la calidad de la agricultura. En este sentido, la gente sabe que si compra McDonald´s, compra un tipo de agricultura que daña su salud, mientras que si compra en los mercados locales, además de apoyar a los pequeños agricultores, reciben alimentos sanos y biodiversidad.


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