Los sin tierra apuntan abajo y a la izquierda

Raúl Zibechi
Martes 3 de julio de 2007 por LRAN

Originalmente publicado en el periódico mexicano La Jornada

En medio del triste panorama que presentan los gobiernos progresistas y de «izquierda» del cono sur (Argentina, Brasil, Chile y Uruguay) el reciente congreso del Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) es una nota de optimismo y esperanza. Se trata del primer congreso realizado bajo el gobierno de Luiz Inacio Lula da Silva con el que los 17 mil 500 delegados que se dieron cita en Brasilia, del 11 al 15 de junio, marcaron claras distancias.

Los anteriores habían sido convocados en coyunturas políticas especiales: el primero en 1985 durante la transición a la democracia bajo el lema: «Sin reforma agraria no hay democracia». El segundo se realizó en 1990, en un periodo de crecimiento y consolidación del movimiento con la consigna: «Ocupar, resistir, producir». En 1995 el tercer congreso enfrentó la oleada neoliberal y represiva buscando ampliar la lucha campesina bajo la bandera «Reforma agraria, una lucha de todos». El último había sido en 2000, bajo el gobierno anti-campesino de Fernando Henrique Cardoso, con el lema «Un Brasil sin latifundio».

En sus 27 años los sin tierra fueron adaptándose a las diferentes coyunturas políticas, pero nunca dejaron de poner en el centro la ocupación de tierras, la producción y la educación, y fueron realizando una verdadera reforma agraria desde abajo. Hoy son medio millón de familias, 2 millones de personas en 5 mil asentamientos que ocupan 25 millones de hectáreas, en los que hay mil 500 escuelas. El MST cuenta con unos 15 mil militantes, tiene decenas de escuelas de formación y una universidad, la Escuela Florestan Fernandes, y está siendo capaz de formar a sus propios especialistas y técnicos.

En su quinto congreso, 40 por ciento de las delegadas eran mujeres, siendo uno de los movimientos del mundo que más promueven la participación femenina a todos los niveles. En esta ocasión el lema fue «Reforma agraria: por justicia social y soberanía popular», y los principales debates se focalizaron en la comprensión del nuevo periodo de la acumulación de capital en el campo.

Marina dos Santos, de la dirección nacional, señaló que es necesario «buscar nuevas formas de lucha y de enfrentamiento con el latifundio en el campo que no sea solamente la ocupación de tierras», que se sitúen a la altura de los desafíos que están planteando el agronegocio y las trasnacionales. Nuevos métodos de lucha e incentivar la participación de las mujeres y los jóvenes son algunos de los objetivos trazados.

Una parte de este viraje se concretó el 8 de marzo de 2006, cuando 2 mil mujeres sin tierra y de Vía Campesina ocuparon un predio de Aracruz y destruyeron sus cultivos experimentales y laboratorios, por lo que fueron criminalizadas. El 8 de marzo de este año volvieron a la carga y focalizaron sus acciones contra varias trasnacionales del agro y contra usinas de etanol, coincidiendo con la visita de George W. Bush a Brasil.

Joao Pedro Stédile, coordinador del movimiento, sostuvo que están ante un nuevo momento en la lucha por la reforma agraria, ya que deben enfrentar un enemigo mucho más poderoso. «Cuando surgió el MST la idea era la reforma agraria en la concepción clásica, que consistía en luchar contra el latifundio», en tanto ahora «vivimos un periodo donde la hegemonía la tiene el capital financiero y la agricultura se inserta en esa nueva modalidad». Ya no alcanza con la posesión de la tierra, sino que resulta imprescindible precisar el modelo de desarrollo alternativo.

En el análisis de Stédile, el capital busca el control de todo el espacio geográfico, «el control de la tierra, el agua, de la biodiversidad y todo lo que tiene que ver con el control tecnológico». Por esa razón entre las principales demandas del MST destaca ahora la defensa del medio ambiente, que es una forma de profundizar su lucha anticapitalista.

Por último, los sin tierra se proponen construir la unidad de los movimientos sociales y para eso impulsan la convocatoria de asambleas populares «en los municipios, regiones y estados», como señala la Carta del Quinto Congreso. En esta doble lucha por frenar el avance de los monocultivos de soya y caña de azúcar y a la vez tejer la unidad de los de abajo, el MST está consciente de que no puede triunfar sin convocar y movilizar al grueso del pueblo brasileño. Aunque recibió algunas muestras de apoyo de un puñado de diputados de varios partidos, el movimiento tiene claro, como expresó Gilmar Mauro, que «lo que la gente necesita no va a venir de arriba abajo» y que «la verdadera reforma agraria sólo es posible derribando el Estado burgués».

Lo anterior está lejos de ser un viraje ideológico. Es algo más profundo: la experiencia reciente con el gobierno de Lula, que en los primeros cuatro años asentó sólo 85 mil familias frente a una meta inicial de 500 mil, sumada a la lectura de la nueva realidad, impone enfilar la barca hacia nuevos rumbos. Si por arriba se asiste a la alianza de tres tipos de capital trasnacional -las petroleras, la industria automotriz y las multinacionales del agro como Monsanto y Cargill, apoyadas por y en el aparato estatal para lanzar la carrera de los agrocombustibles-, por abajo se impone la unidad de los sectores populares y lo que queda de la izquierda. Así como el MST viene haciendo una reforma agraria desde abajo, ahora parece empeñado en construir un poder popular desde abajo; de ahí el llamado a crear asambleas populares en todo el país.

Uno de los hechos importantes del congreso es la adhesión del EZLN. Un comunicado firmado por el subcomandante insurgente Marcos señaló que el movimiento «tiene nuestra mano hermana, nuestro cariño y nuestro respeto, pero también tiene nuestra admiración». El encuentro de los que luchan reconforta el corazón y alimenta el espíritu. Sobre todo en este periodo tan difícil para los movimientos sociales que, ante la alianza de los gobiernos con las multinacionales y el imperio, no tienen otra opción que profundizar el combate por alumbrar un mundo nuevo.


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