Chiapas: la nueva cara de la guerra

por Andrés Aubry
Martes 27 de marzo de 2007 por LRAN

originalmente publicado en la sección de Opinión de La Jornada Edición del 25 de marzo de 2007

Los recursos naturales: un casus belli.

A partir de 1995 se estructuraron las políticas de contrainsurgencia pese a las recurrentes sesiones del diálogo de San Andrés, definidas en los dos tomos del Manual de la guerra irregular redactado por la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena). Su teoría militar recuerda lo dicho por Mao de que "el pueblo es a la guerrilla como el agua al pez", pero prefiere otra táctica: "Al pez se le puede hacer imposible la vida en el agua (en las comunidades campesinas), agitándola, introduciendo elementos perjudiciales a su subsistencia, o peces más bravos que lo ataquen, lo persigan y lo obliguen a desaparecer o a correr del peligro de ser comido por estos peces voraces y agresivos" (tomo II, no. 547). El conjunto de estos peces son los paramilitares, designados como "civiles armados".

Efectivamente, la Sedena vació el agua de las comunidades, las penetró. Los peces más bravos no son como antes agentes externos (los episódicos pistoleros, quienes regresaban a vivir en las ciudades después de cumplir su cometido), ni guardias blancas (una elite exógena que desaparecía después de sus crímenes); son, al contrario, indígenas de las comunidades con "trabajo" de tiempo completo e in situ. Los primeros fueron organizados como MIRA (Movimiento Indígena Revolucionario Antizapatista), cuya actuación fue muy discreta. Esta nueva fórmula necesita financiamiento, el que, siendo oficial, se debe justificar con nobles causas: en este caso la "revolución". Otros siguieron con más constancia, cuya sigla se adornaba del "desarrollo", de la "paz" o de los "derechos humanos" como Paz y Justicia, reclutado en el PRI, cuyo laboratorio fue la zona norte del estado, y sus víctimas fueron muchos presos y desplazados. Tanta violencia y los nuevos tiempos suscitaron escisiones, cuyos integrantes se pepenaron en el seno del PRD, la Unión Regional Campesina Indígena (URCI) y, desde el corazón de la selva por Teniperlas, la Opddic (Organización para la Defensa de los Derechos Indígenas y Campesinos), creada por el fundador del MIRA, es la nueva punta de lanza del actual sexenio en la selva.

Estos viejos-nuevos peces bravos, como los folclóricos mapaches y pinedistas de la Revolución que se decían villistas, son también campesinos e indígenas fieles a los viejos dueños priístas o finqueros y actúan como su carne de cañón. Adornados de las nobles causas de sus siglas, ocupan ahora 3 mil hectáreas de las ex tierras nacionales, desde el norte hasta el sur por el Nuevo Momón. Como ofrecen tierras en sus nuevos ejidos, legalizables o ya legalizados, drenan muchos campesinos afligidos por la inseguridad agraria pero, a diferencia de la gestión pluralista del EZLN (un mundo en que quepan muchos mundos; no dividir, unir; no vencer, convencer; no suplantar, representar), una vez posesionados de sus nuevas tierras, la Oppdic exige su adhesión. A los recalcitrantes, se les quita casas, cosechas o camiones, se les expulsa y así nace una nueva generación de desplazados.

En esta área reocupada, los peces bravos desarticulan los municipios autónomos, amenazan sus escuelas y clínicas alternativas, contaminan tierras regeneradas o reforestadas por la agroecología zapatista, imposibilitan el nuevo mercado justo y sin coyotes de las cooperativas exitosas. Es decir, se inicia un desmonte de la vía política pacientemente construida por los caracoles. Si el EZLN volviera a defender sus tierras recuperadas como en el tiempo armado de la clandestinidad, se estimarían violadas la tregua y la ley sobre el diálogo, y se lo culparía de conducir una guerra intestina, se calificaría el conflicto de intra o inter comunitario de indígenas contra indígenas. Es el nuevo rostro de la guerra con máscaras políticas, la de las siglas tramposas de los peces bravos.

Más allá de esta táctica engañosa, ¿cuál es su estrategia? Para entender, al revés del primer proceso tenemos que empezar por el fin proyectado. El horizonte es la privatización de los recursos naturales de la selva, puerta chiapaneca del corredor biológico que va de Puebla a Panamá: la zona petrolífera cuyos pozos fueron tapados desde 1993 con la detección del EZLN; las aguas dulces de los ríos y lagos de las cañadas; la riqueza maderera; las plantas medicinales codiciadas por la industria farmacéutica; el botín de la diversidad vegetal ya biopirateada (es decir, ya exportada clandestinamente o candidata a la transgenización); los ríos caudalosos, los paisajes y la fauna exótica para el turismo elitista de aventura. Una ganga para la acumulación (ajena) de capital en la sistemática crisis financiera y de producción, fácilmente excusable con un hábil discurso ecológico.

Esta riqueza enfatizada por los acuerdos de San Andrés, territorializada por las tierras recuperadas, es la que vigila el Ejército con el pretexto de una contención del EZLN, como lo ejemplifico Andrés Barreda al mapearlo: zona gris y recursos naturales coinciden en el mismo espacio. Al quedar bajo la gestión del zapatismo, su privatización sería imposible, pero con la docilidad hacia el poder de la Opddic y otros peces bravos, deviene factible.

¿El medio? La reforma salinista del artículo 27 constitucional y su ley reglamentaria. Al legalizar la reocupación de sus antiguos dueños por los nuevos ejidos de la Opddic, son ipso facto privatizables con el Procede, todavía optativo (lo que excluye que los zapatistas lo acepten) pero ya en gestación por los abogados de la Opddic. En tiempos "mejores", los caracoles, municipios autónomos y juntas de buen gobierno se convertirían en niveles de gobierno sin territorio y sin bases, sus escuelas sin alumnos, sus clínicas sin enfermos, sus cultivos agroecológicos transgenizados, y su comercio alternativo sin clientes. De lograrse la estrategia, los zapatistas estarían en la imposibilidad de operar. ¿Y los campesinos e indígenas de la Opddic? Sencillo, se convertirían, dentro de sus propios ejidos, en los peones de las trasnacionales instaladas en las tierras hasta hoy recuperadas y ahora reocupadas, ya no por peces bravos sino por peces gordos: los nuevos operadores sistémicos de la última ola capitalista.


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