Transgénicos en Cuba: no basta la buena fe

Sábado 25 de abril de 2009 por LRAN

En momentos de debates y controversias sobre alimentos transgénicos, el concurso de la revista teórica Temas, en la edición de 2008, premió una obra muy original, que aborda el tema desde una óptica irónica, pero profunda y concisa.

"Habla un transgénico", es el título del artículo premiado, escrito por Eduardo Francisco Freyre Roach, doctor en Filosofía y profesor titular de la Universidad Agraria de la Habana (UNAH). El premio coincide con el anuncio hecho por científicos del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB) sobre el inicio de "ensayos de campo" con un maíz transgénico.

Desde la central provincia de Sancti Spíritus, Raúl Armas, especialista del CIGB de ese territorio, informó que se modificó una variedad cubana del cultivo con el propósito de hacerla resistente a la Palomilla del maíz, principal plaga que afecta a la planta en Cuba, según reveló el diario Juventud Rebelde el pasado 26 de febrero.

El rotativo cubano explicó que "la investigación, avalada por los rigurosos controles de seguridad biológica y ambiental establecidos en Cuba, se halla en fase de introducción con el objetivo de obtener semillas que permitirían, posteriormente, su extensión productiva para consumo humano y animal, siempre y cuando este sea aprobado por los organismos competentes".

En entrevista sobre un tema tan polémico, Freyre abordó diferentes aristas del asunto, que concierne a la sociedad.

¿Qué desventajas y riesgos para la salud humana y el medio ambiente originarían los alimentos transgénicos?

Como se sabe, estos "alimentos" son productos o derivados de organismos genéticamente modificados (OGM), en los cuales se manipula el genoma. ¿Dónde caen los genes de interés y elementos citoplasmáticos inadvertidos, que se bombardean hacia el núcleo de la célula? ¿Cuál será, a largo plazo, el comportamiento del organismo en el ecosistema, considerando su constante variabilidad?

En este y otros asuntos hay mucha incertidumbre, reconocida por la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), la Organización Mundial de la Salud (OMS), las investigaciones independientes (no transnacionales) y reportes de experimentos.

Con toda razón se teme que, quizás no a corto, pero sí a mediano y largo plazos, estos alimentos provoquen alergias, toxicidad, dificultades inmunológicas, cáncer, infertilidad y hasta trastornos endocrinos. Ni hablar de la posibilidad de la contaminación transgénica, que pone en peligro a las especies silvestres y cultivadas. ¿Pudiera controlarse el flujo natural y el flujo social de genes? ¿Qué decir acerca de si la transgénesis es compatible solo con una agricultura industrializada a gran escala, con extensos monocultivos, uso intensivo de plaguicidas y fertilizantes químicos, ahorro o abaratamiento de mano de obra? Ni quienes abogan por la transgénesis descartan esos riesgos, aunque suelen plantear que son mínimos y controlables técnicamente. A mi modo de ver, en esta tecnología, que está hecha a la medida de intereses transnacionales y del mercado, la prioridad hay que concederla al principio precautorio, como se estipula en la Declaración de Río, el Convenio de Biodiversidad y el Protocolo de Cartagena.·

¿Algún beneficio en la producción de alimentos transgénicos?

Sí, creo que tal vez sería ventajosa, en caso de que se demostrara que un transgénico es medicinal o indispensable desde el punto de vista farmacéutico. Es decir, si no hay otra forma de resolver el problema. Cuba ha tenido importantes éxitos en eso y se sabe que un cultivo así se encuentra en condiciones de confinamiento. En ese caso no se está aceptando indulgentemente el riesgo, sino más bien se tolera, pues no queda otra salida. Siempre habría que ver si no existe otra solución efectiva y, a la vez, menos riesgosa.

Es más, veo otra ventaja: avanzar en el conocimiento fundamental o básico de los procesos genéticos. La isla está apostando cada día más a los productos intelectuales y a la formación de recursos humanos. En eso no debemos quedarnos rezagados, y el esfuerzo consagrado que hacen nuestros investigadores del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología es realmente titánico.

Cree entonces que, a pesar de las advertencias de académicos como usted, el país se apronta para la producción en gran escala de ese maíz. ¿Ante la noticia, cuál es la reacción del sector académico adverso a la producción de transgénicos?

Personalmente, la noticia no me sorprendió, porque sobre todo desde finales de la década de los noventa se viene hablando públicamente y con mucha fuerza de este asunto. Muchos colegas del movimiento de la agricultura orgánica tendrían que sentirse preocupados como yo por este acontecimiento. Hablando por mí, y no por otros, veo en la liberación de transgénicos en Cuba una gran amenaza para la directriz agroecológica de connotación estratégica (no solo coyuntural) de nuestra política agraria.

Sin embargo, doy un alto valor al trabajo que día a día, consagradamente, están haciendo nuestros compañeros investigadores de Biotecnología para ofrecer mejores semillas a los agricultores. Incluso, celebro el maíz que han logrado, y que durante más de 20 años han trabajado ardua y responsablemente para que "nuestros transgénicos" tengan excepcionales garantías de bioseguridad. Esto significa que mis objeciones contra la liberación de transgénicos en Cuba nada tienen que ver con una desacreditación de lo que el país está haciendo en tal sentido, pues, a fin de cuentas, es verdad que necesitamos que mejore la producción agrícola y sustituir importaciones.

Simplemente, que para mí, teniendo en cuenta los debates que hay en el mundo sobre esta tecnología y los riesgos potenciales que entraña, me parece que es mejor prescindir de los transgénicos y concentrarnos en las opciones que da la agroecología, los programas, la entrega de tierras ociosas, el redimensionamiento de la tenencia de la tierra y el mercado agropecuario, los diversos incentivos para vivir y trabajar en el campo, el fortalecimiento de las localidades (municipios) y del sector cooperativo campesino y el rescate de las Unidades Básicas de Producción Cooperativa.

Aún no ha sido valorado del todo el aporte que han hecho las producciones agroecológicas en el sector campesino y cooperativo, y sus potencialidades, si se duplican las tierras y los incentivos para este tipo de producción.

Cuba necesita producir alimentos para aumentar disponibilidades y reducir importaciones. ¿No cree usted que esa es una razón poderosa para que los científicos del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología estudien y aspiren a que el resultado de sus investigaciones pueda contribuir a resolver una carencia del país con estas producciones?

Sí es una razón poderosa, pero no suficiente. No basta tener buenas intenciones, es necesario tener un sentido realista de la situación y entender que un remedio puede resultar peor que la enfermedad. ¿Qué significa decir que los transgénicos pudieran contribuir a resolver una carencia del país? Bueno, para mí no tiene sentido que nos arriesguemos en algo que sabemos no es ni la cuarta parte de la solución que buscamos. La sustitución de importaciones no es algo que se resuelva con facilidad, pues su causa no es totalmente coyuntural, sino histórica, y depende de múltiples factores.

Menos mal que ya no se invoca que los transgénicos rinden más, aunque, a decir verdad, recuerdo que una vez una máxima autoridad del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología aseguró que el maíz transgénico que tienen rinde cuatro veces más que el disponible actualmente en el país.

También el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología, a tono con la tendencia mundial, está trabajando en plantas resistentes al glisofato, uno de los plaguicidas más temidos en la actualidad. Se presupone que se recurrirá a este plaguicida en dependencia de la medida que se adopte. La resistencia de las plagas, tarde o temprano, hará de las suyas, y entonces volvemos al mismo círculo vicioso.

¿Resolverían las medidas que se contempla para evitar la resistencia de los insectos? ¿Y qué pasa con los que son beneficiosos y la biodiversidad del agroecosistema?

Pienso que no podemos ver las cosas aisladas; el transgénico es solo una parte de la historia, quizás incluso no sea la fundamental. La agricultura es mucho más compleja que obtener una planta transgénica en un laboratorio. Actualmente tenemos más agro-químicos que en años anteriores, al mejorar la situación financiera del país, pero ahora hay que encarar el desafío de su utilización puntual y eficiente, pues puede ocurrir que el deseo de aumentar la producción, por una parte, y la adicción a estos productos de algunos agricultores, por otra, conduzcan a su uso indiscriminado, otra vez.

¿Qué soluciones propone para mejorar los rendimientos agrícolas y resolver el déficit alimentario de Cuba?

Estimo que primero hay que pensar en la optimización y resistencia de nuestros agroecosistemas. Estoy de acuerdo con los compañeros del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología en que es muy importante atender los costos, de forma tal que el ansia de lograr altos rendimientos no se convierta en una batalla pírrica. Empero, no hay solución tipo panacea tecnológica de un proceso tan complejo como la producción agrícola. Se entretejen múltiples factores, que van desde los tecnológico-productivos hasta los de índole organizacional. Mientras más potenciemos la agricultura local y avancemos en la iniciativa local, habrá mayores posibilidades.

En todos estos años de crisis, Cuba ha demostrado las amplias potencialidades de su sistema económico, político y social y apuesta por la agricultura orgánica que desarrolló para enfrentar, táctica y estratégicamente, la coyuntura de esa difícil etapa. Estoy convencido de que no se pueden ver los problemas aislados unos de otros, cada vez debemos ver los asuntos en sistema. Por ejemplo, no podríamos aspirar a la productividad y los rendimientos que el país necesita, sin resolver las dificultades de los incentivos, los suministros de insumos a los agricultores, el éxodo rural y de profesionales de la agricultura y la cuestión de la comercialización. Sin demeritar las bondades del patrón de la llamada revolución verde que el país asumió, debemos aprender de los problemas que nos creó. En fin, en la isla se ha demostrado -y hasta autoridades del Banco Mundial la han elogiado por eso- que, con agricultura orgánica o agroecología a gran escala, sí es posible resolver los dilemas que nos causó.

En estos momentos se negocia un régimen internacional sobre responsabilidad y compensaciones ante los riesgos para la biodiversidad del transporte transfronterizo de transgénicos, comprendido en el Protocolo de Cartagena. El pasado febrero hubo una reunión en México para acordar el proyecto de régimen, pero el caso continúa en fase de negociación. ¿Conoce cuál es la postura de Cuba en esas negociaciones? ¿Considera usted necesario ese régimen para regular el movimiento transfronterizo de transgénicos?

La verdad es que no conozco la posición cubana respecto a este asunto. Sé que Cuba ratificó el protocolo de Cartagena, el 17 de septiembre de 2002, y también que están ardiendo las negociaciones relativas a la aplicación del artículo 27 de ese Protocolo, que trata precisamente de la responsabilidad y compensación por daños provocados por organismos genéticamente modificados y otros productos de la biotecnología. Aún no hay acuerdo y, como es lógico, Estados Unidos y Argentina siguen reticentes en esas discusiones. Pero me parece que los acuerdos serían muy pertinentes para la región. De llegarse a un pacto, eso sería muy bueno para Cuba y los países de la región. Algunos consideran que el maíz que importamos de Estados Unidos puede ser transgénico. Un convenio como ese podría despejar esa duda. Si se dan garantías en tal sentido, entonces tendremos un argumento menos para recurrir a los transgénicos.

He escuchado a personas que abogan por los transgénicos y sostienen que consumimos productos de ese tipo. Pero, me pregunto si se está analizando esto, si en biotecnología se ha hecho un peritaje al respecto. Estoy averiguando eso, pues no me conformo con que me digan que es posible que estemos consumiendo productos transgénicos importados. Esto debemos aclararlo y confío en que se esté haciendo algo. Nuestro gobierno e investigadores son muy celosos en eso. Por otra parte, pienso que en Cuba debemos debatir esto.

Internamente no tenemos ese litigio entre empresas y Estado, pero ¿quién pagaría los platos rotos? Quienes abogan por los transgénicos en Cuba, ¿han pensado en eso? Se me ocurre preguntar: ¿el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología los pagaría? Hay que pensar en el régimen de indemnización a los campesinos que no siembren transgénicos y sean contaminados. En nuestro país esto no es un problema, y se puede dormir tranquilo no solo porque el producto que ofrece esa institución tendría garantías de bioseguridad excepcionales, sino también porque la filosofía de nuestro Estado es que nadie nunca esté desamparado. De todas formas, como dije, no basta la buena fe

Fuente: IPS


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