Portada del sitio > ACCIÓN TIERRA > Agronegocios y Biotecnología > Biocombustibles > Agrocombustibles: las amenazas del imperialismo verde

VI Encuentro Hemisférico de Lucha contra los TLC’s y por la Integración de los Pueblos

Agrocombustibles: las amenazas del imperialismo verde

Gerardo Cerdas Vega

Viernes 18 de mayo de 2007, por LRAN

Minga Informativa / Grito de los Excluidos/as

Durante la tarde del día 4 de mayo, en el marco del VI Encuentro Hemisférico de Lucha
contra los TLC’s y por la Integración de los Pueblos, en La Habana, se realizó un
importante panel que puso en discusión la temática de los agrocombustibles, cuya
producción masiva, alentada por la desesperación de los Estados Unidos frente a su
inminente crisis energética, amenaza con arrastrar a América Latina en una carrera hacia
la devastación productiva, medioambiental, social y cultural. Las panelistas, la
compañera Francisca Rodríguez (Chile, Asociación Nacional de Mujeres Rurales e
Indígenas), Maria Luisa Mendonça (Brasil, Red Social por la Justicia y los Derechos
Humanos) y el panelista Horacio Martins (Brasil, Movimiento de Trabajadores sin Tierra),
hicieron un abordaje amplio del tema, cuyo contenido buscamos compartir con ustedes en
este artículo.

Algunos elementos para ubicar la discusión

Para Maria Luisa Mendonça, es necesario recordar que la mayoría de las guerras durante
los últimos siglos, guardan una íntima relación con el control de las fuentes de energía
por parte de las grandes potencias, especialmente en el marco del capitalismo
industrial. Actualmente, de hecho, este es un tema central en la política externa de los
Estados Unidos, que busca asegurarse el control energético a nivel global ante el hecho
ya inocultable de que sus fuentes de petróleo propias tienen solo de 10 a 15 años de
vida útil y frente a la creciente competencia entre bloques económicos por el acceso a
los combustibles fósiles, a lo que ahora se suma el hambre de petróleo del gigante chino.

Este dato es fundamental para comprender la urgencia y agresividad con que los Estados
Unidos está alentando la producción masiva de agrocombustibles en América Latina, puesto
que obedece a las necesidades de consumo energético de toda su estructura industrial y
de una población cuyos patrones de consumo desbordado necesita un suministro constante y
creciente de energía. Para la panelista, el consumo de energía a nivel global y en
Estados Unidos en particular, es por un lado muy elevado y por otro, el mismo se
concentra en sectores privilegiados, la industria y las grupos poblacionales con mayor
poder económico, así que toda la humanidad paga un alto costo para dar energía a unos
cuantos millones de personas de forma privilegiada.

La producción masiva de agrocombustibles, en este sentido, sigue un patrón histórico que
desde la colonia ha favorecido a las grandes oligarquías de nuestros países y a los
países capitalistas centrales, hoy nuestros países ofrecen energía barata a los países
ricos y este es un nuevo momento dentro de los proyecto neocoloniales de aquellas
potencias.

En este mismo sentido, Horacio Martins señaló que es necesario que ubiquemos la
problemática relacionada con los agrocombustibles en el marco del paradigma del
capitalismo contemporáneo, monopolista y transnacional, que controla el capital
financiero y que no da la menor importancia a lo que pasa con el medio ambiente, con los
pueblos y con la estructura de la sociedad. La discusión sobre la crisis energética
actual es una discusión falsa, lo que se busca es construir una matriz energética de
nuevo tipo pero siempre controlada por los mismos capitales transnacionales que no solo
controlan el petróleo sino ahora las fuentes de energía de biomasa. La llamada crisis
energética, de este modo, esconde que lo que está en crisis es el modelo mismo de
producción, el capitalismo industrial depredador, por cuyas necesidades energéticas se
pretende sacrificar la riqueza cultural y natural de una buena parte de la humanidad.

Agrocombustibles y soberanía alimentaria

La compañera Francisca Rodríguez fue enfática al señalar que la producción masiva de
agrocombustibles amenaza de forma directa el derecho de los pueblos a la soberanía
alimentaria. Rechazó el uso del término “biocombustibles” porque para ella al usar el
prefijo “bio” se quiere dar a entender que es algo positivo, bueno con el medio
ambiente, cuando en realidad son combustibles extraídos de la tierra que contaminan
tanto o más que los combustibles fósiles: “No podemos hablar de biocombustibles, porque
“bio” significa vida, es algo positivo, pero eso esconde la naturaleza dañina de estas
propuestas, hay que llamarlos ’agrocombustibles’ porque van a salir de la tierra y de
esa tierra serán expulsados los campesinos e indígenas para que las controlen los
grandes consorcios, los grandes latifundios dedicarán la tierra a producir para
alimentar a los motores y no a las personas”, acotó la panelista.

Al mismo tiempo, recordó que al principio las organizaciones campesinas e indígenas no
percibieron toda la magnitud del peligro que encierra la producción de agrocombustibles,
pero que ahora han identificado plenamente lo que esto significa y cómo apunta a oprimir
más aún a los pueblos campesinos e indígenas para resolver los graves problemas que
atraviesan los países capitalistas centrales, lo cual se hace además con una intensiva
una manipulación mediática: vamos a cuidar el medio ambiente, no vamos a contaminar, son
combustibles menos dañinos, etc., ocultando que es una política energética que llevará a
los pueblos al borde del exterminio. Esta manipulación es un engaño más para el
campesinado, pues muchos pensarán que es una forma de salir de la pobreza en que están y
los sectores urbanos pensarán que cómo los campesinos se oponen al desarrollo, si los
agrocombustibles son buenos para el medioambiente y todo eso.

Frente a estas amenazas, señaló que el mundo indígena y campesino debe preservar sus
semillas, manteniéndolas lejos de la privatización de la vida. La necesidad de recuperar
y reivindicar los conocimientos tradicionales y el derecho a los territorios, es parte
inseparable de la soberanía alimentaria. Las organizaciones campesinas e indígenas
tienen ante sí enormes retos, porque lo que está pasando con la producción de
agrocombustibles afecta de forma directa a estas poblaciones, que son las primeras
afectadas aunque el efecto será negativo para toda la sociedad. Así, para la panelista:

“Frente a estos retos nosotros tenemos que hacer un compromiso por defender la tierra,
desenmascarando lo que hay detrás de estos proyectos y dar una discusión profunda sobre
lo que significa el actual modelo de consumo y producción energética en el capitalismo,
en las grandes ciudades y fábricas. Lo que nosotros queremos es revertir el genocidio
que se pretende con la tierra, nosotros sabemos lo que significa el monocultivo
extensivo, lo sufre ya Centroamérica, lo sufre América del Sur, en Chile ya estuvo
Monsanto porque en sus planes está que Chile sea el gran productor de semillas
transgénicas, porque a todos los países les asignan una parte en este cuadro perverso.
Todo esto pone en peligro tanto nuestra vida como la biodiversidad y la vida misma del
planeta Tierra, por eso tenemos que ser capaces de hacer grandes acciones, no podemos
quedarnos en que la lucha es solo contra los agrocombustibles, tenemos que luchar por
nuestra propia agenda que es la soberanía alimentaria, la reforma agraria, la lucha
contra el capitalismo salvaje que destruye a nuestros pueblos”, señaló.

La avalancha del “imperialismo verde”

Este “imperialismo verde”, que se viste con el ropaje de la preocupación por el medio
ambiente y el calentamiento global, esconde una realidad perversa por sus implicaciones
ambientales, culturales y sociales, como hemos señalado. “Recordemos que con relación a
los agrocombustibles, su base es la biomasa y para ello hay que controlar la tierra, el
agua y todos los recursos naturales, las áreas agrícolas de todo el mundo son las que
están sometidas a una disputa salvaje para someterlas a la producción de estos
combustibles”, señaló Horacio Martins.

Martins hizo amplia referencia a la situación actual que vive Brasil en cuanto a la
producción de etanol y las proyecciones para los próximos 25 años, ya que para el
panelista, lo que está pasando en su país marcará el camino que seguirán muchos otros
países de nuestro continente. Brasil vive ahora una feroz disputa por el control de unas
150 millones de hectáreas cultivables en la Amazonia, que se dedicarían exclusivamente
al cultivo de diversos tipos de plantación para la producción de etanol o biodiesel.

La FAO estima que dentro de los próximos 15 a 20 años, los agrocombustibles suplirán el
25% del consumo energético mundial, por eso Brasil es un territorio que se disputan los
grandes capitales, veamos algunos datos: la producción mundial de etanol para 2006 está
controlada entre Brasil y Estados Unidos porque entre ellos producen el 60% del total
mundial. Se estima que en 2010 se producirán 70 mil millones de litros de etanol,
producción que irá mayoritariamente hacia los Estados Unidos ya que este país tiene más
del 40% de los carros del mundo y, a la vez, no está dispuestos a asumir en su propio
territorio la producción de los granos (maíz, por ejemplo) necesarios para la producción
de ese volumen de etanol, de forma que el peso recaerá sobre Brasil. La tendencia al
consumo masivo de etanol mezclado con los combustibles fósiles es clara: Estados Unidos,
Japón y Europa van a importar cada vez más millones de litros de etanol, en Estados
Unidos para el 2030 el etanol se mezclará hasta 30% con los combustibles fósiles y ello
lo que significa es que hay que llevar la producción desde los 58 mil millones de litros
actuales hasta 260 mil millones de litros, lo cual supone un derroche colosal de
recursos y alimentos que se destinarán a llenar los tanques, no los estómagos de la
personas.

Otro tema sensible es el del latifundio. Las tierras están siendo ocupadas cada vez más
por las transnacionales, incluso en Brasil las tierras hasta se están vendiendo por
internet para la producción de soya, caña y otros productos de monocultivo. Este proceso
va acompañado de la expulsión de miles de familias campesinas e indígenas; en efecto, el
control de la biomasa conlleva el control de los territorios, esto también es un
imperialismo territorial, que le otorga todo tipo de facilidades al capital, se
establecerá de forma masiva el control de tierras por las transnacionales y la expulsión
de los campesinos e indígenas. La destrucción del campesinado y los indígenas es
destrucción de culturas, de culturas originarias también. Para el panelista, “Vivimos
una verdadera avalancha del ’imperialismo verde’, que traerá devastación creciente de
tierras, en especial en el bosque amazónico y en la sabana, se cree que dentro de 30
años toda la sabana brasileña será destinada a la producción de agrocombustible, que
contaminará aguas por ejemplo en el acuífero guaraní, que compartimos con otros cuatro
países y que está siendo controlado cada vez más por transnacionales como Coca Cola y
Nestlé”. El panorama no es alentador.

Sumado a lo anterior, la geopolítica internacional del imperio norteamericano exige
estabilidad social en Brasil, o sea no se puede tolerar lucha por la tierra, ni
movimientos fuertes, es de esperarse que va a crecer la represión y el control social en
especial de los movimientos campesinos que como el MST luchan por el acceso a tierra y
recursos productivos para las más de 8 millones de familias campesinas del Brasil.

Precariedad laboral y esclavitud: el rostro brutal del monocultivo

Como si todo esto no fuera suficiente para demostrar la perversidad de la nueva matriz
energética que se está construyendo, tenemos el tema de la precariedad laboral y la
esclavitud, que en países como Brasil son una dolorosa realidad, que permite comprender
el lado brutal del monocultivo. En el monocultivo de la caña de azúcar, por ejemplo, el
régimen de contratación está basado en la explotación de una mano de obra barata e
incluso esclava, los salarios son extremadamente bajos y los riesgos laborales, que van
desde la enfermedad, las lesiones físicas graves y la muerte, son pan de cada día. El
Ministerio de Trabajo de São Paulo dice que el azúcar está bañado de sangre, sudor y
muerte: solo en el 2005 se registraron 400 muertes en la agroindustria de la caña, por
diversas razones: accidentes con máquinas, trabajadores carbonizados, infartos por
agotamiento, cáncer de piel relacionado con el uso de agroquímicos y muchas otras
enfermedades laborales.

Por otra parte, el trabajo esclavo es una realidad en todos los ingenios, en el 2006 el
Ministerio Público inspeccionó 74 ingenios solo en São Paulo y todos fueron procesados
por tener decenas de trabajadores y trabajadoras esclavos, todos ellos trabajan sin
contrato, sin implementos de protección, en viviendas precarias, sin comida adecuada,
sin agua, sin poder escapar, obligados a pagar deudas enormes a sus patronos, entre
muchas otras cosas. Pero la realidad laboral que se vive en los ingenios y cañaverales
de Brasil no es exclusiva de este país. Sabemos ahora que es la misma situación en todos
los países de América Latina y el Caribe donde se produce masivamente caña de azúcar, ya
sea para la producción de azúcar o de etanol; con el crecimiento en la producción de
este último, es de esperar que aumente también la depredación de la fuerza de trabajo de
miles de campesinos e indígenas en todo el continente.

¿Qué hacer frente a esta realidad?

De las intervenciones de la mesa, se derivan algunas propuestas para enfrentar toda esta
problemática. Se planteó la necesidad de articular cuatro niveles de lucha:

a) Denuncia pública: es necesario continuar profundizando la denuncia sobre los impactos
y significación de toda esta producción de agrocombustibles, una denuncia de nuevo tipo,
que tenga fundamentación científica empírica muy fuerte porque estamos enfrentando una
estrategia del capital que muestra las cosas como algo positivo; tenemos que
dismitificar la propaganda “ecológica” sobre los agrocombustibles, considerando los
efectos negativos de esas fuentes de energía, por ejemplo que la producción de etanol
conlleva un altísimo consumo de agua (por cada litro de etanol se usan 12 litros de
agua), contaminación de suelos y de las fuentes de agua subterráneas, producción de
gases de efecto invernadero, entre muchos otros impactos negativos.
b) Resistencia social: la hipótesis de construir una sociedad alternativa supone que los
campesinos y los pueblos en general tengan autonomía energética, hay que proponer un
proyecto de sociedad capaz de negar el proyecto capitalista y eso solo puede lograrse
articulando una enorme resistencia social que propugne por alternativas reales al modelo.
c) Acción directa: tenemos que enfrentar el capital en el campo, ocupar los ingenios,
ocupar las tierras que se usan para caña, soya o maíz transgénico, enfrentar
directamente al capital en conjunto con el proletariado rural, los jornaleros, los que
están temporales y precarios.
d) Articulación de la lucha a nivel internacional: debido a las dimensiones del
problema, no es posible dar la lucha aisladamente, se necesitan estrategias comunes y
este es un terreno en el que es urgente avanzar.

El panel sobre agroenergía fue uno de los más concurridos del evento, lo que muestra el
enorme interés que el tema está suscitando dentro de los movimientos sociales de nuestro
continente. La problemática que conlleva la producción masiva de agrocombustibles nos
concierne a todos y todas, no solo al campesinado o a las poblaciones indígenas. Sin
duda que en los próximos meses y años este tema se convertirá en parte esencial de las
luchas de los movimientos pero como lo recordó Francisca Rodríguez, la lucha debe
orientarse a la afirmación y construcción de nuestra propia agenda como alternativa
frente al avance acelerado de la destrucción ambiental, social y cultural de esta fase
del capitalismo en el mundo: lucha por la reforma agraria, por la soberanía alimentaria,
por un modelo energético que respete los equilibrios de la naturaleza y por la
superación del capitalismo mediante formas de organización social y productiva
novedosas, democráticas e inclusivas.